Mis viajes Norte América

Road Trip costa oeste de USA

Estados Unidos es uno de esos países que nunca tuve dentro de mi lista. Jamás fue un pedazo del mundo que llamara demasiado mi atención. Quizás, porque es ese lugar del mundo que más vemos en las películas, y el cine inserta en tu mente demasiados prejuicios sobre un país.
Aparte de San Francisco, ciudad que siempre quise conocer, hay una parte de la costa oeste que comenzó a capturar mi interés mientras estuvimos instalados en Canadá. La zona de los cañones y esos paisajes surrealistas de Utah y Arizona.
Si al terminar nuestro año en Vancouver, partiríamos por tierra nuestro viaje, nada más lógico que comenzar por el país vecino. Así que partimos por Seattle, y de pasada hicimos la costa de Oregon hasta llegar a San Francisco. Todo eso en buses. Desde San Francisco volamos a Las Vegas, y desde ahí, arrendamos un auto para hacer un viaje por tierra de diez días por Secuoia National Park, Yosemite, y después nos alineamos con el este atravesando carreteras infinitas rumbo a los cañones.

En el Secuoia National Park se pueden admirar los árboles más grandes del mundo. Este tenía 12 metros de diámetro y más de 3.000 años.

La idea era dormir en el camino, y así lo hicimos. El concepto “motel” es muy diferente al que tenemos nosotros. Y son buenas opciones repartidas por el camino. Los precios oscilaban entre 35 y 70 dólares la noche, habitaciones con baño privado, bastante buena la relación precio/calidad. Pero poco conveniente si lo comparamos con el precio de un mochilero por Asia. Julio es temporada alta en USA, mal mes para ir, el calor es abrumador y resulta más agotador y algunos lugares están saturados de turistas. Sin embargo, para nosotros fue fácil encontrar pieza en el camino. Así que recomiendo no reservar previamente un hotel, si lo que quieres es libertad de improvisar tu camino al andar.
Viajar por tu cuenta, sin apuros, sin celular, sin fechas ni relojes y decidir qué ruta tomar en el camino, dormir, comer y detenerse dónde y cuándo TU quieres, es impagable!
Primero nos alejamos de ese infierno llamado las Vegas, como volviendo a California, pero por tierra. Como no contábamos con carpa, cocinilla y el básico equipamiento outdoor, hicimos por el día el parque nacional de las Secouyas gigantes y como los precios de las habitaciones estaban por las nubes pasamos la noche en el auto en Yosemite, vimos el amanecer, y paseamos junto a venados por el valle a la mañana siguiente. Salimos por la puerta del este del parque, por una  ruta llamada “Tioga Pass”-lugar que jamás olvidaré- En una de las paradas a sacar fotos en el camino, me subí arriba de una loma para tener una mejor perspectiva, y entre los matorrales escuché claro a una cascabel. Casi me hago pipí de la emoción/susto! Salí corriendo de ahí como una loca…

Yosemite National Park
Tioga Pass. Esta es la foto que estaba tomando cuando escuché la cascabel.
Tioga pass, ya afuera de Yosemite y hacia el este con todo.

Los paisajes de a poco comenzaron a mutar, dejamos el verde otra vez para comenzar a introducirnos en un infinito y árido terreno. El sueño por momentos hacía de las suyas, la noche anterior la habíamos pasado en el auto, y no estoy hablando de una combi precisamente. Ya llevábamos demasiados kilómentros recorridos y los párpados pesaban una tonelada, cuando de pronto vimos a lo lejos, un pequeño poblado que más bien parecía un espejismo. Un letrero en el camino nos saluda con un “Welcome to Rachel” y ahí nos fuimos a meter en busca de una pieza, ducha y comida! En Rachel viven 63 personas y hay UN motel, que más bien era un container largo con 4 habitaciones. Un solo “restaurant” que era parte del motel, atendido por la divertida Morgan.

Yo le pregunté a Morgan que se sentía vivir "in the middle of nowhere", a lo que ella respondió "I live in the middle of everywhere"...

Rachel está ubicado en medio de la “Carretera Extraterrestre”, y la entrada al poblado parece una oda a los Aliens. Se ubica en el “área 51”, donde se encuentra secretamente una base de la fuerza aérea de los Estados Unidos que supuestamente esconde información sobre encuentros con ovnis y extraterrestres. Bueno, independiente de nuestras propias creencias, ahí mismo pasamos la noche.
Al día siguiente seguimos las líneas del mapa que nos llevaron al alucinante Bryce Canyon. Un cañón muy diferente a los demás, con unos colores y miradores impresionantes para sacar panorámicas.
Es algo así como un bosque de cuchillos de piedra rojizas.

Bryce Canyon.
Bryce Canyon.

Después de pasar gran parte del día fotografiando este particular cañon, tomamos la ruta 12 y pasamos noche en Torrey, donde me apreté el dedo meñique con la puerta del auto y casi muero de dolor.
Al día siguiente con el corazón en el dedo, nos fuimos rumbo al Arches National Park.
El camino alucinante!! Fuimos atravesando paisajes como sacados de la guerra de las galaxias y pasados por filtro rojo. Nunca habíamos visto algo parecido. Avanzábamos lento porque era imposible no parar a cada rato a hacer fotos. Rocas gigantes, erosionadas por agua y viento, formas impresionantes en un escenario que te hace sentir minúscula. Una vez en el parque, esos arcos naturales eran el marco perfecto de una postal digna de admirar.

Arches National Park. Millones de años esculpieron estos arcos inmensos.

El calor superaba los 40 y era difícil caminar por ahí…pero con agua suficiente y la toalla mojada sobre nuestros hombros, pudimos sobrevivir. Esa noche, la pasamos en Mexican hat, dormimos casi nada porque el despertador lo programamos a las 3:30 am. Salimos a las 4 am en dirección sur y nos estacionamos a orillas de la carretera en el límite fronterizo entre el estado de Utah y Arizona. La noche estaba estrellada y la idea de madrugar tenía dos motivos: sacar fotos y ver el amanecer en el famoso Monument Valley.

Las estrelladas noches del desierto me hicieron recordar con nostalgia esa noche de lluvia de estrellas fugaces en el Sahara.
Con la luz del freno del auto logramos ese efecto rojo en el pavimento.
Un imperdible en la ruta de los cañones: Monument Valley al amanecer.

Amaneció y ese fue el día más largo de todos…A las 9:30 de la mañana, tras un par de horas manejando por rutas desérticas de esas que te matan de sueño, llegamos a Page en busca de la entrada del Antelope canyon. Algo así como el paraíso del fotógrafo, pero que la industria del turismo transforma en infierno. Ahí, descubrimos que la única forma de entrar era pagando un tour. La entrada y los mismos tours están manejados por indios navajos de la zona. Leí en internet que no se podía hacer por cuenta propia por 2 razones: la primera, porque era un lugar sagrado para los navajos. La segunda, porque era super peligroso andar por ahí sin guía. Una vez hecho el tour, descubrimos que ambas razones eran falsas. Si el lugar fuese sagrado, no lo llenarían de esa forma, y los guías tratarían con respeto a los que pagaron el tour barato. Y lo único peligroso me parece que sería entrar caminando hasta llegar al lugar mismo, sin suficiente agua por medio del desierto. En fin, una vez más, un lugar que se hace conocido con el tiempo y los locales sacan provecho de los turistas.

Las hermosas entradas de luz a mediodía en el Antelope Canyon.

Cuando nos fuimos de ahí, al menos consiguiendo mi objetivo (sacar fotos decentes y sin gente por detrás) nos fuimos a Horseshoe bend. Como el nombre lo indica, este maravilloso lugar, tiene forma de herradura de caballo. Y afortunadamente, no cobraban entrada, porque en USA te cobran hasta por respirar. Esta maravilla sí que nos pareció tremendamente peligrosa. Un paso en falso y caes al vacío! Y una caída en ese lugar es muerte segura.

Horseshoe bend. En Page, muy cerca del Antelope Canyon.

Esa noche, muertos, la pasamos cerca de Tuba City, para al día siguiente visitar el Gran Cañon.
Así fue como al despertar, manejamos hacia el south rim (puerta sur) y nos maravillamos frente al cañón más grande de Estados Unidos. No sé si fue el día medio nublado que frustró mis ganas de sacar buenas fotos o qué, pero aparte de lo inmenso que es, fue el cañón que menos me impresionó
de todos los que vimos.
Paseamos por diferentes miradores para apreciarlo y fotografiarlo desde distintas perspectivas, pero ni yo, ni mi camara estaban muy felices que digamos.

El más famoso de todos: El Gran cañón.

Ni la luz ni la visibilidad nos acompañaron ese día. Pero cuando nos fuimos de ahí, rumbo sur, tuvimos un espectáculo de la naturaleza. Se puso a llover, mejor dicho, el cielo se abrió y caían baldes de agua. Paramos a orillas del camino y de lejos vimos con claridad como los rayos y las descargas eléctricas iluminaban el cielo. Espectacular e imposible de fotografiar…será un instante que quedará en el recuerdo.

Horas más tarde, llegamos a Sedona, donde nos esperaba Peter, nuestro anfitrión de couchsurfing, que nos acogió como si fuésemos sus hijos.

Sedona a mis pies.
La Bella Sedona.

Pasamos 2 días hermosos en Sedona y después volvimos al oeste, precisamente al carísimo estado de California…donde devolvimos nuestro auto, para cambiarlo por otro, de otra compañía más económica. Eso del arriendo de auto da para otro post que pronto escribiré.
Con auto nuevo, decidimos arrancar de Los Angeles y nos fuimos a recorrer toda la costa californiana, donde descubrimos una joyita playera llamada Carmel, un balneario con mucho encanto, casas en medio de un bosque y una playa que nos dió la bienvenida con delfines.

Las hermosas casas de Carmel.
La playa de Carmel.

El camino costero es muy bonito, fuimos manejando siempre al costado del mar…Pasamos Big Sur, la famosa y escondida playa con cascada de Julia Pfeiffer State Park, hicimos noche a orillas del camino dentro del auto debido a los precios imposibles de california y bueno, después de todo, no nos quedó otra que volver a la inmensidad hecha ciudad: Los Angeles, una locura repleta de autopistas que dan jaqueca, pero como la naturaleza humana es adaptarse, al cuarto día nos acostumbramos y aceptamos la locura como algo normal. Menos mal que L.A tiene playas, sino habría terminado odiándola.

Costa Californiana
Julia Pfeiffer State Park
Big Sur.
Venice Beach, Los Angeles.

Definitivamente, nos sentimos más cómodos y a gusto en medio de la naturaleza y pueblos, que en grandes urbes.
Días después, nos despedimos de Norteamérica y volvimos a Sudamérica después de 1 año 8 meses.
Próximo destino: Colombia…pero esa es otra historia.

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